Orgullo a cambio de amor By Lennie

Yo creo que soy de ese grupo de mujeres que son súper orgullosas, de esas que no dejan que nadie les baje el autoestima ni las haga sentir como si fueran menos. Eso no tiene nada de malo. Pero el orgullo tampoco es bueno cuando no sabes distinguir si aquella persona que te dice cosas tan fuertes o que involuntariamente te hace sentir mal es amigo o enemigo. Por orgullo he perdido cosas que a la larga me arrepiento, a veces es necesario aprender a ser vulnerables y dejar a las personas entrar. Tenemos que aprender que no siempre lo que tienen para decirnos -aunque no nos guste- es con malas intenciones. Si aprendemos a dejar de un lado el orgullo y a querer un poquito más la vida puede ser mucho más feliz y menos sola.

Hoy les quiero compartir una historia que pasó hace mucho tiempo. Hace tanto, que por fin me siento cómoda contándola.

¿Quién sabe? hasta el protagonista la lea.

Siempre he sido mejor con las letras que con las palabras y contar esta historia de manera escrita es mucho más fácil que hacerlo en voz alta. Este cuento no tan feliz comienza hace 2 años y un poco más.

Acababa de llegar de un intercambio en el cual viajé, conocí gente espectacular y tuve una relación corta pero llena de cosas nuevas la cual no terminó bien y al día de hoy todavía me atormenta. Cuando volví a Medellín estaba a punto de entrar a la universidad y a mi parecer ya era hora de ponerme seria y por lo tanto decidí buscar algo estable con alguien. Entonces lo conocí a él; un niño lindo, inteligente, con una sonrisa pícara y siempre con algo ingenioso para decir. Cuando me lo presentaron me tramó desde el primer momento. Esa manera de retarme con cada palabra, esas miraditas me traían loca y una vez me di cuenta que la cosa era recíproca no sabía si emocionarme o salir corriendo.

Después de mi pequeño summer love en Francia quedé marcada y por lo tanto incluso al día de hoy me cuesta mucho querer. Con este niño no fue la excepción. Hablábamos todos los días, me hacía reír y sobre todo me hizo sentir algo que rara vez había sentido; me hizo sentir especial. Luego empezamos a salir y a pasar tiempo juntos; disfrutábamos de nuestra compañía y no nos cansábamos. Después nos volvimos novios y fue ahí donde yo ya no estaba segura si un novio era lo que yo quería. Él conmigo siempre fue atento; íbamos a comer, veíamos películas e incluso jugábamos x-box juntos. Se podía decir que todo era perfecto. Pero en este cuadro tan bonito había un pequeño problema y era que ninguno de los dos era capaz de permitirse sentir y abrirse. Todos los “te quiero” nos costaban esfuerzo, nos daba miedo que se volvieran verdad o al menos a mí me daba miedo. Ya que para mi querer era sinónimo de vulnerabilidad y cuando somos vulnerables es cuando más nos hieren, y eso era lo último que yo quería.

Hasta que llegamos a un punto en el que ya no dabamos más, las cosas se sentían poco naturales y por lo menos yo todavía no estaba lista para dejarlo entrar. Entonces en un intento de aclarar un problema que teníamos terminamos acabando lo nuestro. Las cosas fueron dichas muy rápido y la rabia era palpable entre ambos. Yo me fui de su casa sin mirar atrás y preferí no hablarle más. Nunca intenté arreglar verdaderamente las cosas porque me ganó el orgullo. Esa necesidad de mantener arriba las murallas que protegían mi ego del mundo exterior era mucho más grande que mis ganas de amar. Al día de hoy no sé qué hubiera pasado si lo hubiera llamado e intentado hablar las cosas un poco más calmada. Tal vez las cosas se hubieran quedado igual o hubiéramos intentado aprender a querer juntos. Cambié el amor por orgullo, pensando que saliendo vencedora o fuerte iba a ser feliz. La verdad es que no podía estar más equivocada.

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